viernes, 3 de febrero de 2017

Ausencia reservada.

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La última mesa del fondo continua vacía. Aguardando a nadie. Esperando en vano. Llevará así un par de semanas. Austin no permite sentarse en ella. No lo consiente. Aunque el resto tenga dueño. Aunque el local vaya a reventar. Olvidaos de ella. Haced como si no existiera. Eso dice Austin. Y cada día, coloca azúcar nuevo. Y cambia las servilletas. Y observa la silla. Y mira a través de la ventana. Y se retira sin decir palabra. Esa mesa era su mesa. La del viejo Zac. Zachary Wesley, el padre de Austin. El lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo. Donde charlaba con quien quisiera acercarse. Donde sonreía orgulloso a su hijo. La mesa en la que murió hace un par de semanas. Noventa y ocho eneros. Se fue después del desayuno. Después del tercer café italiano. Después del tapón de absenta. Tras otear el local y dar su visto bueno. Sin aspavientos. Sin apenas ruido. Sin avisar. Ahí queda eso. Yo apreciaba mucho a Zac. Le apreciaba de veras. Y también le echo en falta. También siento su ausencia. Añoro su figura. Sus sentencias. Su poso de viejo zorro. Todavía eres anciano, decía. Necesitas unos cuantos años más. Para verlo todo claro. Para llegar a joven. Para ser un niño como yo...