jueves, 10 de abril de 2014

Cara y cruz

No fue algo premeditado. Me encontraba allí por pura casualidad. Ningún plan que poner en práctica, ni mucha idea de lo que hacer entre toda aquella gente. Obreros, deportistas, filósofos, poetas, bohemios, funcionarios, magos, notarios, terratenientes, economistas, médicos, ladrones, policías, empresarios,  militares, psiquiatras, sindicalistas, abogados, científicos, trileros, artistas... Todos hablaron, todos expusieron su teoría. Se procedió a la votación. Y, finalmente, levantamos acta. Dos conclusiones. Una buena, la otra no: hay un bar que nunca cierra. Su nombre, La antesala del dolor.