miércoles, 13 de marzo de 2019

Acero y almíbar.

Pincha antes de comenzar a leer

Yo me encontraba en Minneapolis, en plena clase, enfrascado en un divertido debate con varios de los alumnos. El viejo tema de Carver, su editor y todo ese rollo. Le estaban regalando estopa de la buena. Resulta curioso ver la arrogancia que la juventud se gasta con los adultos. La realidad se presenta extremadamente simple a ciertas edades. Estás con los buenos o estás con los malos, conmigo o contra mí, fuera o dentro, a la derecha o a la izquierda. Me pregunto en qué momento comenzamos a cubrirnos con el manto de la relatividad. A utilizar palabras como depende, quizás, no exactamente. Supongo que a la misma altura en la que el tiempo inicia su maldita fuga hacia ninguna parte. Pero decía que estaba en mitad de una clase cuando el señor Highflyn abrió la puerta y me entregó el aviso. Mi teléfono, como de costumbre, descansaba en silencio, así que Margaret tuvo que regresar al siglo veinte y llamar a la secretaría del centro para establecer contacto. Se trataba de Gavin. Había decidido que era el momento. No cabían más contemplaciones, estaba dispuesto a no esperar ni un segundo más. Dejé a los alumnos despellejando al bueno de Raymond, recogí mis cosas y salí disparado. 

No deja de tener gracia lo preocupados que andamos intentando controlarlo todo, planificar hasta el último detalle, como si realmente tuviéramos algún poder de decisión sobre el devenir de los acontecimientos. De qué demonios sirve tratar de anticiparse a nada si no tenemos ni idea de lo que nos espera al dar el siguiente paso. Inescrutables. Reflexionaba sobre esto durante el trayecto de vuelta hacia Albert Lea, al tiempo que maldecía mi ocurrencia de aceptar impartir aquel curso y rezaba para no encontrarme con algún accidente, una tormenta imprevista o cualquier ciervo despistado decidido a explorar la otra orilla de la autopista. Gavin se había estado demorando de forma considerable y, a la hora de la verdad, decidió que prefería llegar antes de tiempo. En ese momento todavía no éramos conscientes pero, con la perspectiva de los meses, me doy cuenta de que aquello era una clara señal de cómo nos las iba a gastar en el futuro.

A estas alturas, imagino que la mayoría de ustedes conoce la historia del pequeño Gavin. De su tortuoso camino, de las emboscadas, lobos hambrientos y campos de minas que tuvo que sortear hasta llegar a la casa. Fácil no es una palabra que se pueda encontrar en su diccionario. Tampoco pretendo decir que esto sea nada único y excepcional, tengo claro que a cada minuto acontecen historias similares. No se trata de ser el maldito ombligo del mundo, pero sí de evidenciar que Gavin necesitó hacerse valer antes incluso de haber nacido. Su capacidad para encajar los golpes se puso a prueba previamente a la de llevar oxígeno hasta los pulmones. Llegó curtido de serie. Digo esto porque creo que es parte importante de que Gavin sea como es, de su actitud ante lo que se va encontrando en el camino. El enano vino con la lección bien aprendida, tuvo claro desde el primer momento que debía luchar a muerte por cada palmo de terreno. Por las buenas. O por las malas.

Voy camino de Minneapolis, realizando el trayecto inverso al de aquella tarde. Ahora mismo, estoy parado en la carretera, esperando a que la policía comunique si la tormenta de nieve permitirá seguir avanzando. La misma jodida incertidumbre de la que hablábamos. El caso es que me han venido a la mente unos cuantos recuerdos y no he podido evitar la sonrisa. Ya lo he dicho en alguna ocasión, Gavin es un resistente, un cabezota, un pequeño tipo duro. He perdido la cuenta de las veces que se ha topado con el suelo, de los golpes que lleva, de los cardenales que adornan su frente de forma casi perenne. Nada de eso le detiene. Después de cada tropiezo, apenas gasta unos segundos en lamerse las heridas. Está hecho de una pasta especial, sin duda. Supongo que eso es bueno, que le vendrá bien cuando tenga que bregar y no haya nadie para sacarle las castañas. Sin embargo, lo que más le envidio es otra cosa. Debajo de su armadura, de ese empaque excepcional, de ese genio imponente, hierve un océano de entusiasmo. Disfrutar de cada segundo, tener claro que todo es un regalo, ahí está la clave de llegar a entender este tinglado. Y cuanto antes lo pongamos en práctica, menos preguntas estúpidas tendremos que respondernos.

Acero y almíbar. Ese es Gavin Townshend. Dos años de puñetazos sobre la mesa, de cosas claras y tonterías, las justas. De risas contagiosas. De complicidad. De desvergüenza. Pasan por mi izquierda las máquinas quitanieves. La tormenta arrecia, fallaron las previsiones. Es bastante probable que pasemos aquí la noche. Al infierno los planes de las próximas doce horas ¿ven lo que quería decirles? No importa. Quién sabe, quizás haya un motivo para esto. Para estar aquí parado, quiero decir. Sin cobertura en la radio ni en el teléfono, con el único sonido de la ventisca como banda sonora. Puede que, después de todo, fuese necesario contar con este tiempo. Recopilar estelas, juntar palabras, dejarlo escrito. Tal vez este fuera el momento justo de contar la historia. La historia de Gavin, la de mi pequeño canalla.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Buenos propósitos

Pulsa antes de comenzar a leer

Hace algún tiempo de la historia de Gerry Baker. Del lío de la cafetera y los abetos de plástico. De la mañana de Nochebuena que tocó fondo vestido de Santa Claus, vendiendo porquerías para la hiena de Abraham Wilson. Ese día en el que Austin le salvó el pellejo de manera casi literal. Treinta años. Treinta inviernos. ¿Seguirá consumiéndose junto a aquella arpía? ¿Y sus pequeños demonios? Deberían lucir ya patas de gallo. Y probablemente sean unos auténticos pedazos de carne. O tal vez ingenieros. O incluso escritores. Quién sabe. Pero me importan un bledo sus hijos. Dónde andará Gerry. Peinando canas, por descontado. Eso, suponiendo que le quede algo de pelo. Estará rondando los setenta. En el caso de que todavía colee, claro. Treinta años dan para mucho. Para vivir. Pero también para morir. Le he recordado al escuchar un tema de los Secret Boys en la radio. Entre guitarras distorsionadas, hablaban de una chica que creció al borde de la autopista. De que comenzó perdiendo y nunca contó con fuerzas o agallas para remontar. Se dejó llevar hacia donde más fuerte soplara el viento. Nada extraordinario por otra parte. Historias que se repiten en todos los rincones a cada golpe de reloj. Me pregunto qué le sucedería a Gerry. Cuál sería la suya. Su historia, quiero decir. Qué le llevaría a nuestro pueblo. Qué maldita sucesión de acontecimientos le depositaron en la puerta del bar de Austin aquella noche de tormenta. Me gustaría toparme con él de nuevo. ¿Qué pasó, Gerry? ¿Anduviste a contrapié desde el comienzo? ¿No supiste elegir en algún cruce? ¿En qué momento tu dieta se limitó a comer barro día tras día? 

Treinta años. Pasa el tiempo, maldita sea. Pasa para todos. Se han largado unos cuantos desde entonces. Han llegado otros nuevos. Y, mientras tanto, el planeta ha encogido como una camisa de saldo. Somos capaces de darle la vuelta sin despegar el trasero. Sin movernos del sillón. Continuamos girando, pero no está claro en qué sentido queremos hacerlo. La gente se desquicia buscando atajos, cruzando charcos, obviando el trayecto, el paisaje. Cualquier cosa vale con tal de ahorrarse un maldito minuto, de saltarse el turno en la carnicería, de llegar a ningún lado en el menor tiempo posible. Para acabar calcinados frente al televisor.

Vuelvo a Gerry. Al momento en que le despedí a las afueras del pueblo. Salía rebotado de un sitio por enésima vez, tenía todas las papeletas para estar ajustando su soga y, sin embargo, parecía un niño a punto de abrir los regalos de Navidad. Dispuesto a intentarlo de nuevo. Las veces que hiciera falta. A buscar su oportunidad en cada rincón del mapa, debajo de cualquier piedra. Llegan días de aglomeraciones, días de reencuentros, de habitaciones repletas y mesas indigestas. Días de multitudes y de ausencias. También días de buenos propósitos. Pensemos en el nuestro. Hagamos como Baker, no lamentemos nuestras cartas en el reparto. Sigamos intentándolo. De eso se trata a fin de cuentas ¿no?