viernes, 26 de enero de 2018

Mala combinación.

Pulsa antes de comenzar a leer.

Anoche tuvimos noticias de Jacob Wesley. Buenas noticias, podría decirse. Continúa con vida. Al menos, hasta el momento en el que depositó la carta en la oficina postal. Dice que todo marcha bien, que nos manda calma, que está justamente donde quiere estar. Miente. Jacob anda por algún lugar del sudeste asiático. Buscando respuestas, atando cabos, encontrando nada, perdiendo el tiempo. En realidad, Jacob no es un mal tipo aunque, desde que nació, ha mantenido la sesera dentro del envoltorio, guardada en el desván, al fondo del último cajón de una vieja cómoda. Y está convencido de que la Providencia ha jugado sucio con él, de que el guion escrito no se ajusta a la puesta en escena. Poco cerebro e infinita complacencia. Mala combinación. Jacob nunca se ha sentido a gusto. En ningún lugar, al lado de nadie. Se ha pasado la vida huyendo. Del colegio, de su casa, del pueblo, de su reflejo en los charcos, de su voz en el contestador. Huyendo para regresar sobre huellas ya marcadas, pisándose los talones, viviendo en un maldito círculo. Austin me escucha leer la carta y pierde su vista en el fondo del local. Retrocede veinte años, se sienta con Jac en el suelo, le cuenta la historia del bar, la del abuelo. Y decide que ahí es donde quiere quedarse. Austin Wesley no necesita escucharme, sabe lo que viene a continuación. Conoce a Jacob, lo conoce bien. Desde siempre.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Uno de los nuestros

 Pulsa antes de comenzar a leer.

Esta época del año es extraña en Albert Lea. No sabes bien con qué tiempo vas a toparte. No aciertas el tipo de ropa. Pasas calor. Pasas frío. El otoño va ganando terreno y, sin darte cuenta, dejas de oír el rumor de las cigarras. Austin suele asar castañas y las ofrece junto con un licor que destila en la trastienda. Dice que eso ayuda a digerir el sabor amargo del final del verano. A prepararte para lo que se avecina. A endurecer la piel. Aunque, ahora mismo, eso es lo de menos. El otoño, quiero decir. Y las castañas. Y el licor de Austin. Y todo en general. Cualquier cosa es lo de menos. Ayer nos acostamos en estado de shock. Con los ojos como platos. Con la inocencia perdida en algún recodo del camino. Ayer se nos fue Vincent. Vincent Anthony. De repente. Sin señales ni preaviso. Sin posibilidad de dar la vuelta. Y nos dejó a todos con cara de póker. Contando ovejas. Con la sensación de no tener ni idea de lo que estaba sucediendo. Vincent era un gran tipo. De los que siempre llegan en buen momento. De los que te ilusiona encontrarlos. De los que te alegran el día. Aunque no digan nada. Aunque no hagan más que respirar. Salió del pueblo hará unos cuantos años. Unas cosas le llevaron a otras y terminó echando raíces en Holly Town. Cada cuatro de julio regresaba. Aparecía por sorpresa. Con su cámara colgada al cuello. Nos abrazaba. Se emocionaba. Se reía. Se mezclaba entre nosotros. Como si no acabase de llegar. Como si nunca se hubiera ido. Al cabo de unas horas, sin hacer ruido, tal como había llegado, volvía a desaparecer. Hasta el próximo año. Pero esta vez no. Esta vez, no regresará. No enviará sus fotos. O sí. Porque hay tipos que no se marchan nunca, que conservan su espacio, que no hay manera de olvidarles. Y Vincent encaja en esto que les digo. Vincent siempre tendrá su sitio. Siempre levantará su copa. Siempre será uno de los nuestros…