Joseph
no fue un tipo
con demasiados problemas.
Apenas un par de ellos.
El más acuciante, el propio Joseph.
Y aquella nube que regaba las flores secas de su azotea. Una nube maldita. Una maldita nube. Nadie reparó en su presencia. Salvo Joseph. Él siempre lo tuvo claro. Desde que aterrizó en este mundo. Desde el mismo instante en que se despedía del útero de su madre. Aquella nube. En todas partes. A cualquier hora. De día. Y de noche. Le robaba la cartera. Le obligaba a ver su vida en blanco y negro. Aquella maldita nube. Hasta que Joseph encontró la puerta. La puerta de salida. Una puerta que anunciaba cielos rasos. Rayos de sol. Días completos. Amaneceres. Anocheceres. Cálidos y secos. Y corrió hacia ella. La cruzó. Echó el cerrojo. Y se tragó la llave. No más tormentas. Un par de días antes de que llegara el otoño, Joseph Frank atravesó la puerta. Y alcanzó su redención. Suerte, muchacho.
Vivimos tiempos
convulsos. Tiempos de proclamas, de consignas, de voces estridentes. Tiempos
extraños, tiempos superlativos, tiempos muertos. Tiempos en los que cada
segundo parece que vaya a ocurrir algo. Algo tremendo, algo inesperado, algo
irreversible. Vivimos en un estado de expectación constante, de inminente salto
al vacío, de parálisis permanente. Los noticieros nos abruman, nos mantienen en
guardia, nos ofrecen sobredosis. Nos nublan la vista, nos impiden ver el
bosque. Pero lo hay. Bosque, me refiero. Y árboles también. En medio de toda
esta nube de polvo, continúa habiendo gente. Gente que vive, gente que ríe,
gente que sufre, gente que duerme, gente que muere. Esta semana se fue Mr.
Petty. Podría hablarles de él, de su música, de su talento, de lo que supone
que haya tipos así sobre un escenario. Podría hablarles de pioneros, de temerarios,
de locos maravillosos. Pero para eso ya está Eric. Eric Becher. Para eso tiene
su propio relato. Para eso confía en Harvey. Para que siga su estela. Para que
sea el próximo Honky Tonk Man. Así que no le pisaré su historia. Voy a hacer
algo mejor, voy a ofrecerles su pentagrama. Confíen en mí por un momento, busquen
sitio en el arcén, detengan un minuto su marcha. Pónganse cómodos. Imaginen que,
esta vez, sé de qué estoy hablando.
Con todos
ustedes, “Walls (Circus)”, by Tom Petty. (Buen viaje, maestro. Rockers will
never die).
Existen lugares
que llegan a cobrar vida. Vida propia, quiero decir. Que lloran, que ríen, que
respiran. Cada uno de nosotros tiene el suyo. Y cada cual sabrá sus razones.
Algún suceso, largos periodos, evocaciones varias. O ninguna explicación.
Explicación a simple vista, claro. Porque estoy seguro de que sí que la hay.
Siempre. No me pidan más detalles, simplemente lo sé. Una ciudad, una calle,
una playa, un árbol, una habitación, un coche, un bar, un pedazo de tierra, una
roca. El de Harvey Townshend es un porche. El porche de su casa. De la casa que
ahora es suya y antes albergó a su familia. En ese preciso lugar, justo en ese
punto, Harvey percibe que todo cobra sentido. Siente que forma parte de algo,
que para que él se encuentre ahí, escuchando la radio, mirando las hierbas
secas, agitando el hielo en el vaso, han tenido que suceder infinidad de
historias. Bueno, siendo sinceros, él no llega a esta conclusión. Pero sí que
lo intuye de esa manera. Y estoy convencido de que Rose también lo hacía. Por eso
apreciaba cada segundo de su existencia. Rose era la abuela de Harvey. En el
relato, él piensa en ella sentado en su lugar especial. La añora, la admira, le
gustaría verse reflejado en su imagen. Piensa que es un buen rastro a seguir.
De fondo, un songwriter intenta convencer a una tal Mary para que renuncie a
todo lo que no tiene. Se ofrece como su última oportunidad, su redención, su
carretera. Harvey escucha el tema y le invaden los recuerdos. Visualiza a Rose,
comparten algunos momentos, se despide de ella una vez más, la ve perderse
calle abajo…
Con todos ustedes, Thunder Road, by Bruce Springsteen.
Estos
días, no dejo darle vueltas a cosas que olvidé hacer, y en todas las
oportunidades que tuve para ello. No lo digo yo, lo dice la letra del tema que
nos ocupa. Pero, amigos, que levante la mano quien no se reconozca. El autor
anda algo perdido, confuso entre brumas de un pasado que cambiaría, y un futuro
que no se ve con fuerzas de controlar; preocupado por que su vida acabe
convirtiéndose en una canción ya escrita por él mismo. Es una imagen
recurrente, pero podríamos decir que se encuentra en una encrucijada, en una
especie de cruce de caminos. Ha de tomar una dirección y no acaba de tenerlo
claro. Le puede más el temor a equivocarse que el impulso a descubrir nuevos
paisajes. En el relato de título “Mardou”, también tiene lugar un cruce. Un
cruce de caminos, quiero decir. El de Harvey, de ida, campo a través, a tumba
abierta. Y el de la propia Mardou, de vuelta, a cobijo, a decorados amigos.
Ellos no lo saben, pero ambos tienen mucho en común. Los dos buscan un escudo,
un paraguas. Necesitan protegerse. De las balas, de la lluvia, de ellos mismos.
Más que respuestas, buscan evitar hacerse preguntas. Ante eso, él huye hacia
adelante; ella se resguarda tras las cortinas.
Con todos ustedes "These
days", by Jackson Browne.
El
maestro Lapido asoma la cabeza de nuevo, esta vez, en solitario. Y lo hace con
un tema que pone a prueba el grado de porosidad del corazón. Si al escucharlo
no se humedecen sus pupilas, están ustedes cerca de convertirse en una estatua
de mármol. Bueno, es posible que esté exagerando un poco, pero por ahí anda la
cosa. En el libro, "El mundo a cámara lenta" nació, creció y maduró al
cobijo de estas estrofas y acordes. Sam Perkins cuenta por enésima vez una historia. Su historia. Austin la
conoce, la conoce perfectamente. Y le ayuda a recitarla. Porque eso es lo que
hace Sam. No habla, no relata. Recita. A base de repetir los mismos hechos, ha
llegado a perfeccionarlos, a pulirlos, a concederles un desarrollo esférico. A
moldearlos a su imagen y semejanza. Y a nadie se le ocurre cuestionar ni tan
siquiera una coma. Al contrario. En realidad, todo el mundo desea que aquello
sea cierto. Que haya ocurrido tal y como sale de los sesos de Samuel Jonathan
Perkins. Porque ese relato se ha convertido en su relato. En el del pueblo
entero. A fin de cuentas, en más de una ocasión, quién no ha escondido el
despertador bajo la almohada. Quién no ha luchado por permanecer en el limbo.
Quién no ha optado por apretar los ojos. Quién no ha preferido seguir soñando.
Con
todos ustedes "El carrusel abandonado", by José Ignacio Lapido.
Sé que
no me lo han preguntado pero, si lo hicieran, les diría que encuentro una gran
similitud entre la forma en la que vemos la realidad, nuestra realidad, y el
rodaje de una película. Agarramos la cámara y consideramos, sin ningún motivo,
que somos los protagonistas del cotarro. Vemos al resto como meros figurantes,
secundarios en el mejor de los casos. Nuestro argumento nos parece el centro de
la trama, el eje sobre el que gira la jodida providencia. Pero, en realidad, si
nos paramos a pensar, todo eso suena bastante ridículo. No somos más que una
mota de polvo, un grano de arena en el centro del desierto, una historia entre
seis mil millones. Mientras se escriben estas líneas, mientras se están
leyendo, mientras pensamos que el mundo se detiene alrededor nuestro, en este
mismo instante, se entremezclan infinitos universos. Gente que nace, gente que
muere, gente que agoniza, gente que hace el amor, gente que mata, gente que
duerme, gente que abre los ojos, gente que sufre, gente que hace sufrir, gente,
gente que enloquece, gente. Yo creo que hay dos formas de enfocar todo esto. La
más tentadora, la que nos pide el cuerpo, es pensar que nada es importante, que
todo es relativo, intrascendente. La otra, la que yo prefiero, propone lo
contrario. Cada pequeña porción de realidad, cada segundo, es irrepetible. Y
deberíamos concederle la atención que se merece. Hay un recopilatorio de
Raymond Carver, Short Cuts, llevado al cine por Robert Altman, y que en español
responde al título de Vidas cruzadas, que intenta reflejar un poco todo esto.
El relato del libro es mi pequeño homenaje a ambos. A ellos y a todos esos
minúsculos pedazos de vida. Como dice la canción: las montañas, la niebla, las
noticias de las seis, la muerte de mi primer perro, las galletas, los guisantes,
el puré de patatas, la forma en la que ríes, el modo en el que sufres.
Con
todos ustedes, “A Little Bit of Everything” by Dawes.
Hay
pocas cosas con menos gracia que el paso del tiempo. Convidado de piedra unas
veces. Perfecto desconocido otras. Un auténtico hijo de puta, la mayor parte de
ellas. Nuestra idea del mismo se transforma a medida que lo vamos acumulando,
conforme aumenta la certeza de que acabaremos echándolo de menos. Con los
sueños sucede algo parecido. Con el paso de los años, dejan de ser infinitos.
Van perdiendo altura. Y ganando profundidad. Se vuelven duros como una roca. La
respuesta abandona el viento y se esconde medio metro bajo tierra. En Cuento
de Navidad, un joven Harvey Townshend mira por quinta vez Uno de los
nuestros en la pantalla del Paradiso y sueña con el guion que incluya su
nombre en los títulos de crédito. Dos calles más abajo, Austin lo hace con ser
capaz de servir el café con más aroma del condado. Gerry Baker llegó al pueblo
una tarde de lluvia torrencial, persiguiendo un sueño con sonido a cascabeles. Comenzar
de cero. Estrenar cada mañana sin temor a ver la arena escurrirse entre sus dedos. Dejar de avanzar a través de zanjas de estiércol. Pero, en Albert Lea,
los sueños de Gerry Baker son un cero a la izquierda. No importan un comino. Gerry haría
bien en no despreciar ningún consejo. Debería coger a su familia y salir
cortando. Eso debería hacer Gerry. Antes de que sea demasiado tarde.
Con todos ustedes, Mr. Tambourine Man, by Bob Dylan.
La
felicidad es un filtro en la retina. Una dosis de calma. Una almohada amable.
Es eso que buscamos, que perseguimos, que intentamos atrapar. Que nos venden,
que nos prometen, que nos muestran los trileros. Hay pocas canciones como esta
de los Cero capaces de dibujar más crudamente la desesperanza, el sentimiento
de remar en galeras bajo un cielo de cartón piedra, de padecer insomnio
crónico. Sentado en mi silla, con una sonrisa estúpida, mis delirios
cristalizan y se hacen suspiros. En el relato, Larry Scott mira al espejo y no
ve más que a un pobre desgraciado. Un rostro en blanco y negro. Un saco repleto
de rabia contenida, de cenizas empapadas. No consigue recordar el momento en el
que comenzó a torcer el gesto, a enterrar ambiciones, a echar tierra sobre su
propia sombra. Larry tritura un día tras otro, sigue con la vista el
rastro de humo que dejan los reactores, y se conforma con sobrevivir a su
existencia. Hasta que, una mañana, a la hora del almuerzo, Larry ve pasar un becerro
bañado en oro, un vagón con su interior forrado con hierba. Sube en marcha de
forma inconsciente, casi compulsiva, sin reparar en que debía pasar por
taquilla. Y de repente, todo cambia. El aire desprende aroma de menta mientras
una fina lluvia refresca las aceras. De la noche a la mañana, el maldito pueblo se convierte en un
paisaje de figuras de azúcar. Lilian y los niños le sonríen, lo adoran, su sola
presencia les mantiene admirados. Y entonces Larry piensa que sí, que por fin
lo ha logrado, que después cruzar el desierto, puede decirlo en voz alta: es
jodidamente feliz. Pero un día, un buen día, un día cualquiera, las
alcantarillas deciden entrar en el juego, comienzan a escupir veneno. El cielo se
cubre,las nubes dejan de ser formas entrañables.No se admiten sugerencias. Nialegaciones. Desenfundan. Giran el cargador. Ajustan el punto de mira. ¡Bang!
Con todos ustedes “Nubes con forma de pistola”, by 091.
El
título del segundo relato sintetiza de forma perfecta lo que le sigue a
continuación. "Inescrutables". Los caminos. Los sucesos. Los
acontecimientos. Harvey Townshend piensa que hay bastante de incontrolable en
todo esto. En lo de vivir y tal. Dice que cada día, cada minuto, suceden cosas
a las que nadie es capaz de encontrar explicación. Acojona ¿no? Estamos aquí y,
de repente, ¡chas! Doc Spoon habla de la teoría del botón rojo. Larry Scott ni siquiera amaga con tenerla en cuenta. Ethan
Parks encuentra consuelo en las revistas científicas de la barbería. Muletas.
Vendas. Perros lázaro. En "Mejor Imposible", Melvin Udall camina
obsesionado con no pisar la línea que une las baldosas. Nosotros le observamos
y nos parece cómico, pero a él no le hace ninguna gracia. Necesita sentirse a
salvo, tenerlo todo bajo control. Y lo consigue. O eso piensa. Qué carajo. En
el fondo, sabe que aquello no es más que un estúpido truco. Si el piano
que cae del piso veinte se empeña en buscarle, tan sólo es cuestión de tiempo.
Lo cierto es que, a lo largo del viaje, nos topamos con miles de cruces,
millones de rutas alternativas. Miles de millones. Hasta llegar a la
esquina más perdida de los mapas. Hay que tomar decisiones. Unas
meditadas. Muchas emotivas. La mayoría, inconscientes. Los tres cerebros lo
llaman algunos. Y cada vez que pintamos un aspa, cada vez que tachamos una de
las opciones, dejamos de lado el resto. Paisajes más verdes, o más áridos, más
amables, o más inhóspitos, mejores, o peores. Diferentes. Dice la canción: Siempre voy al bar del aeropuerto cuando quiero ponerme triste. Y siempre
pido, y nunca tienen, aquellas galletas de la suerte. Eso mismo piensa
Larry Scott, que no existe. La suerte.
Con todos ustedes “La vida te
lleva por caminos raros”, by Diego Vasallo.
"A la de tres" es el primer relato del
libro. Y, aunque en una versión más reducida, también fue la entrada que
inauguró este blog. La que prendió la mecha, la que propició el triple salto
mortal. Y no crean, no resultó algo rápido y sencillo. Estuve dándole vueltas
durante un buen tiempo. No acababa de verlo claro. Unas veces el diseño, otras
el contenido, otras yo que sé. Excusas. Torpes tretas de pésimo jugador. Como
tantas veces, la sensación de perder el control
provoca que surjan las dudas. Los psiquiatras hablan de procrastinación. De la
tendencia que tenemos a posponer tareas. Especialmente las que nos producen
ansiedad, tensión, esfuerzo, desasosiego. Encontramos alivio al considerar que
ha surgido alguna cuestión que requiere de solución inmediata. Desviamos
nuestra atención hacia ella y olvidamos cuál era nuestro propósito inicial.
Bueno, olvidamos… ya me entienden. Lo cierto es que no sirve de nada. Por mucho
que nos engañemos, siempre acabamos tropezando con nuestros números rojos. Lo
mejor es afrontarlo cuanto antes. Como cuando miramos el agua de la piscina
subidos a un trampolín. Una, dos y… De ahí el título del relato. Era necesario.
Tenía que hacerlo. En caso contrario, iba a terminar con mis sesos convertidos
en un jodido queso de gruyere. Por aquel entonces, año dos mil nueve, andaba yo
preparando la que iba a ser mi primera maratón, Nueva York. Quemando suelas,
devorando kilómetros de forma compulsiva, llenado largas tiradas con listas de
reproducción. Una de aquellas listas incluía el A.M. de Wilco. Enorme disco.
Dice Miguel Angel Casas que es el
mejor álbum de country alternativo que se ha publicado nunca. Yo no voy a
contradecirle. En primer lugar, porque el tipo tiene buen criterio en
cuestiones musicales. En segundo, porque no tengo argumentos para afirmar lo
contrario. Y en tercero, me remito a los puntos uno y dos. El caso es que,
entre aquel puñado de grandes canciones, había una que me llamó la atención
sobre el resto. Un medio tiempo en el que un par de frases se van repitiendo de
forma recurrente: No deberías tener miedo, no deberías avergonzarte. Qué
quieren, parecía que Jeff Tweedy me lo estuviera diciendo directamente a mí. Lo
tuve claro. Había encontrado las notas del primer relato del blog.
Con todos ustedes, “Shouldn’t be
ashamed”, by Wilco.
Este
tema no precede a ninguno de los relatos, aparece hacia el final del libro, en
medio de una conversación entre Mardou y Harvey, justo después de que ella le
triturara la autoestima sin ninguna consideración. Es un tema épico, imposible
no emocionarse con la melodía. La letra es algo críptica, aunque se deduce que
habla de drogas, de comenzar de nuevo, de luchar por salir del agujero. Pero
ese no el motivo por el que me decidí a incluirlo. Más que por la canción en
sí, lo hice por el tipo que la canta. Elliot Murphy. Lo descubrí hace
relativamente poco, unos cuatro años, a pesar de que es un clásico, un clásico
maldito, por otra parte. Contemporáneo y compañero de viaje en los inicios de
Springsteen y Billy Joel, tenía, según hablan las crónicas, un talento
desbordante, se encontraba en el lugar preciso y el momento en cuestión no podía
ser más oportuno. Pero, por alguna circunstancia, el tornado del éxito no pasó
por sus dominios. Se alejó irremediablemente sin apenas llegar a rozarle. Así
que, después de varias decepciones, cansado y abatido, decidió abandonar, colgar la guitarra, cambiar de
registro. Comenzó a trabajar en un lugar "convencional", un despacho de abogados,
un bufete especializado en asuntos de la industria discográfica.
Cierto día, un cliente se acercó:
- Oye, chico, llevo todo este tiempo mirando tu cara… y me resultas conocido.
- No creo, señor, probablemente me confunda con alguien.
- Pamplinas. Tú eres… ¿tú eres Elliot Murphy?
- ¿Me conoce?
- Ya lo creo ¿puede saberse qué demonios estás haciendo aquí?
- Bueno, son tiempos difíciles, señor. Trato de abrirme camino. Ya sabe, hay
que comer, pagar facturas, esas cosas…
- ¿Esas cosas? Vete al infierno… Si desperdicias tu talento detrás de esta
montaña de expedientes, merecerás lo que te pase de aquí en adelante.
Lárgate, chico, quítate ese estúpido traje, ve corriendo a buscar tu guitarra.
Y no se te ocurra volver a abandonarla.
Elliot hizo caso y siguió el consejo de aquel tipo, regresó al camino de la
música. Sin embargo, optó por abandonar la ruta americana. Cruzó el charco
hasta Europa y se estableció en París. Consiguió labrarse una carrera de
prestigio alejado del gran público. Durante los últimos treinta años, ha
compaginado música, literatura, periodismo, cine. Nunca ha llegado a tocar en
estadios, ni conocido el alivio de poder vivir de rentas. A sus sesenta y siete
otoños, continúa rasgando en pequeñas salas, manteniendo el pulso a base de
acordes, apostando el resto a la próxima actuación. No es un number
one, ni un mainstream, ni un líder. Pero es feliz. Porque, a
golpe de calendario, se ha dado cuenta de que no importa cuánta gente mire
desde abajo, lo verdaderamente meritorio es estar allí arriba, sobre el
escenario. Continuar erguido. Tener actitud. Ser un resistente. En el relato
del libro, Harvey Townshend está a punto de iniciar un viaje cruzando el país.
Después de eso, tiene pensado comenzar una nueva etapa, una que pretende sea la
definitiva. No sabe lo que le espera, pero ha apostado por ello. Y piensa
luchar por conseguirlo. Como Elliot hizo en su momento. Como todavía lo sigue
haciendo. Día tras día, noche tras noche, muesca tras muesca.
Con todos ustedes, “Caught short in the long run” by Elliot Murphy.