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A un clavo ardiendo.

Pulsa antes de comenzar a leer


Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.

-¿Cómo perdió las manos? – le pregunté cuando me dijo lo que quería.
-Esa es otra historia –respondió -.¿Quiere la foto o no?
-Pase –le dije- acabo de hacer café.
También había hecho un poco de jalea, pero eso no se lo dije
-Tendría que ir al aseo –dijo el hombre sin manos.

Yo quería ver cómo sostenía la taza de café con aquellos ganchos. Sabía cómo utilizaba la cámara, una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba pegada al pecho, atada con unas correas de cuero que le ceñían los hombros y le rodeaban la espalda. Se situaba en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y al cabo de un par de minutos salía la fotografía de la casa. Le había estado observando desde la ventana.

-¿Dónde ha dicho que estaba el aseo?
-Por ahí, a la derecha.

Para entonces, doblándose y encorvándose, se había desembarazado de las correas. Dejó la cámara en el sofá y se arregló la chaqueta

-Puede echarle una ojeada a esto mientras estoy en el aseo.

Cogí la fotografía que me tendía. Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, las escaleras de la entrada, la ventana del mirador y la ventana de la cocina. ¿Por qué habría yo de querer una fotografía de aquel desastre?

Visor.
Raymond Carver.

As time goes by.


-Jefe, jefe…
-Qué…
-¿No se va a la cama?
-No, ahora no.
-¿Y no piensa hacerlo en un futuro próximo?
-No.
-¿No piensa acostarse nunca?
-¡No!
-Pues yo tampoco tengo sueño.
-Ven, anda, echa un trago.
-No. No quiero, vámonos.
-Bien, pues quédate sin echar un trago.
-Jefe, tiene que salir de aquí.
-¡No, señor! Estoy esperando a una dama.
-Vámonos, jefe. No debe meterse en líos.
-Ella va a venir. Sé que va a venir.
-Podemos coger el coche, irnos a la aventura. Emborracharnos. Ir de pesca hasta que ella se haya ido.
-¡Cállate y vete a casa! ¿quieres?
-No, señor. Yo me quedo aquí.
-Se llevan a Ugarte y aparece ella. Unos van y otros vienen ¿Sam?
-¿Sí, jefe?
-Sam, si es diciembre de 1941 aquí en Casablanca, ¿qué hora es allí, en Nueva York?
-Eh, se me parado el reloj.
-Deben de dormir en Nueva York. Deben de dormir en toda América… De todos los cafés y locales del mundo, aparece en el mío. ¿Qué estás tocando?
-Una canción que he compuesto.
-Para. Ya sabes lo que quiero escuchar.
-No lo sé.
-La tocaste para ella, tócala para mí.
-Bueno, es que no la recuerdo.
-Si ella la resistió, yo también. ¡Tócala!

Ginebra sin alcohol.

Pulsa antes de comenzar a leer.

(…) Barney Malone llevaba lustros bebiendo exageradamente. Una noche sin darse cuenta, con su cigarrillo prendió fuego en la trompeta. Por unos instantes, el pobre Barney interpretó Otoño en Nueva York como si soplase por un lanzallamas. Quiso cambiar sus hábitos pero no pudo. Sólo se engañó a sí mismo. El barman aceptó el juego. Barney ya era viejo y si suprimiese de repente la bebida, sólo conseguiría alargar su vida un par de náuseas.

Sus últimos días los disfrutó el viejo trompetista alardeando de su nueva vida. Y para celebrarlo, se dirigía con voz bien sonora al barman y le decía: Vamos, Chucky, muchacho, ofrécele al viejo Barney un trago de esa ginebra sin alcohol. (…)

José Luis Alvite.
Historias del Savoy.

Una patada en las tripas.

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(…) He estado leyendo a los filósofos. Son realmente tipos extraños, divertidos y alocados, jugadores. Descartes llegó y dijo: estos tipos nos han estado largando pura mierda. Dijo que las matemáticas eran el modelo de la verdad absoluta y autoevidente. El mecanismo. Luego llegó Hume, con su arranque contra la validez del conocimiento causal científico. Y luego, Kierkegaard: Introduzco el dedo en la existencia; no huele a nada. ¿Dónde estoy? Y luego llega Sartre, que afirmaba que la existencia era absurda. Adoro a estos tipos. Sacuden el mundo. ¿No les entrarían dolores de cabeza pensando así? ¿No les rugía una avalancha negra entre los dientes? Cuando agarras a estos tipos y los pones junto a los hombres que veo caminar por la calle, o comer en los cafés, o aparecer en la pantalla del televisor, la diferencia es tan grande que algo se retuerce dentro de mí, me da una patada en las tripas. 

Probablemente no me corte las uñas de los pies esta noche. No estoy loco pero tampoco estoy cuerdo. Bueno, no; puede que esté loco. De todas formas, hoy, cuando amanezca y lleguen las dos de la tarde, estaré en la primera carrera del último día de carreras en Del Mar. He apostado todos los días, en todas las carreras. Creo que ahora voy a irme a dormir, con mis uñas como cuchillas arañando las benditas sábanas. Buenas noches.

Charles Bukowski.
El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

El peso del humo.

Paul: Hola Auggie. ¿Cómo va todo?
Auggie: Hombre, hola. Qué alegría. ¿Qué deseas?
Paul: Dame dos cajitas de Schimmelpennincks. Y de paso dame un mechero.
Auggie: Los chicos y yo manteníamos una discusión filosófica sobre las mujeres y el tabaco.
Paul: Sí, bueno, supongo que todo proviene de la reina Isabel.
Auggie: ¿La reina de Inglaterra?
Paul: Sí, pero no Isabel II,  Isabel I. ¿Has oído hablar de sir Walter Raleigh?
Cliente 1: Sí claro, el tipo que tiró su capa sobre un charco.
Cliente 2: Yo, yo antes fumaba cigarrillos Raleigh. Llevaban un cupón de regalo en cada paquete.
Paul: Pues, Walter Raleigh  fue la persona que introdujo el tabaco en Inglaterra. Y se convirtió en el favorito de la reina. Él la llamaba reina Betsy. Fumar se puso de moda en la corte inglesa y seguro que la buena de Betsy compartió más de un cigarro con sir Walter. Una vez, hizo una apuesta con ella: dijo que podía determinar el peso del humo.
Cliente 2: ¿Se refiere a pesar el humo?
Paul: Exactamente, pesar el humo.
Cliente 1: Eso no se puede hacer, es como pesar el aire.
Paul: Reconozco que es extraño, es casi como pesar el alma de alguien, pero, sir Walter era un tipo hábil. Primero tomó un cigarro entero y lo puso en una balanza y lo pesó. Luego lo encendió, se fumó el cigarro cuidando que las cenizas cayeran en el platillo de la balanza. Cuando lo terminó puso la colilla en la balanza junto con las cenizas. Después pesó lo que había allí. Acto seguido restó esa cifra del peso obtenido previamente del cigarro entero. La diferencia… era el peso del humo.

Sin nombre.

- ¿Te marchas, Ben?
- No.
- Yo tampoco. Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se marchan y los que se quedan. ¿No es cierto?
- No, yo no lo creo.
- ¿Pues qué crees tú?
- Que hay dos clases de gente. Los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto.
- No estoy de acuerdo, Ben.
- Porque no sabes de qué demonios estoy hablando. Soy un ex ciudadano de ninguna parte. A veces echo de menos mi hogar.

Casa tomada

En nuestra vida, ¿queremos a los que están? ¿están todos los que queremos? ¿les abrimos nosotros la puerta? ¿forzaron la cerradura? ¿entraron por la ventana?...

¿Somos los propietarios? O tenemos nuestra casa tomada...